Este viernes la colombiana Mariana Pajón extendió su leyenda olímpica, al conquistar la medalla de plata en el ciclismo BMX racing femenino. Se trata de la tercera medalla olímpica para la colombiana.
«Es una plata que vale oro y más», dijo posteriormente ante la prensa.
Algunas dificultades ya las había enfrentado cuando era niña y entrenaba en la pista de bicicross ubicada en el occidente de Medellín, la ciudad colombiana donde nació el 10 de octubre de 1991 y decidió que quería competir.
Pero en aquel entonces no había una categoría infantil para niñas. «Entonces quiero competir contra los niños».
Y lo hizo. Y les ganó.
Este viernes en Tokio solo quedó por detrás de la británica Beth Shriever, que se hizo con el oro. La holandesa Merel Smulders consiguió la medalla de bronce.
De ese modo sutil con el que combina una sonrisa de niña con una ambición ilimitada, Pajón logro meterse más adentro de los libros de historia de los olímpicos.
¿Cómo esta paisa de 29 años logró colocarse en las máximas alturas del deporte latinoamericano?
Tal vez «siendo la principal rival» de sí misma, como dijo hace ya nueve años para los Juegos de Londres 2012 donde comenzó a escribir su legado olímpico.
«Como si fuera un sueño»
La historia de los grandes ciclistas por lo general tiene un «momento bisagra», cuando ven por primera vez una bicicleta: por ejemplo, el actual campeón olímpico de ruta, el ecuatoriano Richard Carapaz, relata con emoción que su primera bicicleta fue un armatoste viejo y oxidado que rescató de la basura.
Y de allí no se volvió a bajar.
La epifanía de Pajón ocurrió cuando tenía 3 años. Un día acompañó a su hermano mayor a una carrera de bicicross en Medellín -un deporte relativamente nuevo que había ganado popularidad en la ciudad en la década de los 80- y no pudo evitarlo: se enamoró para siempre de los saltos, de la adrenalina que dan esos pocos instantes -menos de un minuto- que dura una carrera de BMX.
Entonces apresuró el paso: aprendió a montar bicicleta de inmediato y a los 4 años recuerda que ya quería correr.
Pero había un problema: no había categoría para mujeres en las competencias. Fue entonces que dijo que eso no importaba, que quería competir «con los niños».
Y les empezó a ganar. De hecho, se tuvo que ir a EE.UU. para competir con niñas de su edad.
Una vez, a los 9 años, sus proezas en la pista llamaron la atención de los medios que se acercaron a entrevistarla. Y frente a las cámaras desarmó a los periodistas no solo por su desparpajo infantil, sino también por su madurez.

