Una luz suave y dorada se posa sobre el Eje Ambiental en la tarde bogotana; transeúntes, ciclistas y vendedores callejeros se detienen para mirar una escultura gigante que parece suspendida en el aire, o una instalación sonora que reverbera entre los muros de edificios centenarios.
Hasta el 9 de noviembre, la capital no solo vive, sino que se transforma: la Bienal Internacional de Arte y Ciudad BOG25 ha irrumpido con fuerza para hacer visible lo que usualmente pasa desapercibido.
La inauguración —el sábado 20 de septiembre— fue mucho más que un acto formal. “La Casa Común”, evento inaugural instalado en la emblemática Plaza Cultural La Santamaría, se convirtió en una maloca luminosa que mezcla artes escénicas, música sinfónica, literatura y artes visuales. El arte salió de lo contemplativo para envolver los sentidos, para construir comunidad.
Bogotá se lanzó al ruedo con ganas de mostrarse. No es solo una exposición; es un llamado a repensar la ciudad.
Bajo el eje «Bogotá, ensayos sobre la felicidad», la bienal propone una reflexión profunda: ¿qué significa realmente la felicidad urbana en una ciudad de contrastes tan vivos como Bogotá? Las curadurías exploran categorías como ocio radical, infancia, esoterismo ambiental, optimismo tóxico, entre otras; cada obra funciona como un ensayo, una pregunta abierta, una fisura para ver lo que usualmente está oculto.
Los codirectores Diego Garzón y Juan Ricardo Rincón, con la asesoría curatorial de José Ignacio Roca, han montado un diseño ambicioso: artistas nacionales e internacionales, convocatorias barriales y populares, intervenciones en barrios, espacios públicos, edificios patrimoniales.
Más de 200 artistas de 12 países participan en la bienal que desborda los muros de los museos y se filtra en plazas, parques, calles y barrios.
El Palacio San Francisco se alza como sede principal; su monumentalidad sirve de contrapunto a lo que sucede a lo largo del Eje Ambiental, recorrido que une historia arquitectónica, urbana y memoria paisajística.
Además, se han articulado sedes alternas (como parques, centros culturales, barrios) para descentralizar, para que la bienal no solo sea asunto del centro, sino un espectáculo que también pasa por localidades más apartadas.
No todo es festejo: hay tensiones. Qué tan lejos puede llegar la ciudad para ser habitable, qué tan genuinas son las experiencias de “bienestar” en contextos de desigualdad y precariedad, cómo reconciliar la memoria con los ruidos del presente. Artistas y público conversan, se irritan, se sorprenden.
En un simposio titulado “La ciudad, el arte y la felicidad”, curadores, investigadores y artistas debaten estas preguntas: la resistencia de los cuerpos urbanos, las poéticas del cuidado, la visibilidad de lo marginado, los discursos hegemónicos del bienestar, la naturaleza, la ecocrítica.
BOG25 no solo busca impresionar por su escala, sino sembrar raíces. Se plantea como un hito que debería consolidarse como parte del calendario cultural de Bogotá más allá de los gobiernos de turno.
La inversión pública y privada, los estímulos para artistas emergentes, la participación de comunidades barriales y la posibilidad de que la ciudadanía se reencuentre con su ciudad desde el arte, son apuestas que muestran que esta bienal espera trascender el instante.
Al caer la noche, Bogotá se ilumina no solo con farolas y letreros, sino con las voces de quienes caminan, con las sombras arquitectónicas resaltadas por proyecciones, con los murales que declaran memorias que no se olvidan, con los conciertos callejeros que hacen de lo público un agora nuevamente. En BOG25, la ciudad no es solo escenario: es coautora, tejido, diálogo incómodo, posibilidad abierta.
Y cuando termine el 9 de noviembre, el reto estará vigente: ¿qué queda después de las intervenciones? ¿Cómo se sostiene la memoria, la transformación, la exigencia de ciudad habitable? Si esta primera edición logra que esas preguntas sigan vivas, habrá cumplido su promesa.


