En los años 80, las emblemáticas salas de cine en Cali, como Los Cinemas, eran el corazón cultural de la ciudad. Recuerdo la emoción de llegar allí y escuchar una sonoridad que parecía provenir de otro planeta, un sonido de piano que me cautivó desde el primer momento. La música envolvente y poderosa, que resonaba en cada rincón, me obligó a detenerme, dejando atrás la expectativa de ver una película.
Pregunté a un amigo que hacía fila para comprar entradas para El justiciero de la ciudad, esa clásica película de Charles Bronson. Sin dudar, me respondió:
¡Eso que suena es Azúcar de Eddie Palmieri! La ponen a diario en las emisoras y suena fuerte en todos los grilles de Cali.
Esa respuesta cambió mi día. La música de Eddie Palmieri, reconocido emblema de la salsa, me llevó a olvidar por completo la película y el cine. Me dejé llevar por esa salsa y terminé en una discoteca cercana. La pista de baile estaba repleta, con parejas que danzaban con elegancia y pasión al ritmo de esas notas tan finas, mientras resonaba la voz del maestro:
“El ritmo que traigo es azúcar… azúcar pa’ ti… ¡Azúcar!”
Las luces giraban, las chicas en minifalda reían y se movían con gracia. No hay duda: las caleñas son como las flores del trópico. Desde los rincones, el clamor del público no se hacía esperar:
—¡Azúcar otra vez! ¡Azúcar!
En un momento de pausa, noté que Eddie Palmieri estaba allí, sentado en un rincón exclusivo con el propietario del sitio, Felipe Reina, quien me lo presentó. Había llegado desde Nueva York con su orquesta La Perfecta para ofrecer varias presentaciones en el Coliseo del Pueblo, con la posibilidad de continuar hacia Bogotá.
Palmieri, reconocido como uno de los más grandes emblemas de la salsa, empezaba a conquistar el mundo desde Cali, gracias a empresarios visionarios que lo trajeron desde Estados Unidos a este rincón del trópico, donde la salsa ya era ley de vida. Cali, en esos días, se consolidaba como la Capital Mundial de la Salsa.
En sus pistas, bailaban leyendas como Berselio Carabalí con su esposa, o el Negro Watusi, quien fue llevado por el Gallego Blanco a Nueva York para enseñar cómo se bailaba la salsa en Cali… con alma, con cuerpo, con todo el corazón.
Eddie Palmieri, nacido en Nueva York en 1936, partió de este mundo el 6 de agosto de 2025, a los 88 años, dejando un legado eterno a la música latina. Se va una estrella inmensa, a encontrarse en otra dimensión con su hermano y gran pianista, Charlie Palmieri, con quien compartió no solo la sangre, sino también el arte.
La salsa queda con sus clásicos inmortales: Azúcar de Palmieri, El Negro y Ray de Ray Barretto, Bomba Camará de Richie Ray y Bobby Cruz, Juliana de Cuco Valoy, entre otros himnos que no pueden faltar en ninguna rumba.
Eduardo Palmieri Morales, conocido para siempre como Eddie Palmieri, audicionó a los once años en el Weill Recital Hall, junto al legendario Carnegie Hall. A los catorce ya organizaba su primera orquesta. Fue un músico polifacético, capaz de transitar por la salsa, la música tropical y el jazz con la misma maestría.
Acompañó a leyendas como Ismael Quintana, Lalo Rodríguez, y tocó el piano para Tito Rodríguez. En su orquesta La Perfecta, contó con el brillante trombonista Barry Rogers, cuya sonoridad marcó una época.
Nos deja piezas inolvidables como Lo que traigo es sabroso, Muñeca, Echando pa’lante, y, por supuesto, ese himno imperecedero: Azúcar, que sigue bailándose cada noche en Cali, como si Eddie aún estuviera vigilando el ritmo desde su piano en otra dimensión.
Palmiere, símbolo de la salsa y la música latina, dejó un legado que trasciende generaciones y continúa vivo en el corazón de Cali, donde su sonoridad y espíritu siguen inspirando a todos los amantes de la música y la danza.

